Ciencia creativa

Historia de una resistencia. Cuento de laboratorio, PARTE 1

Su jefa ya no sabía qué hacer con él, y las pobres células que tenía a su cargo, tampoco. Fuente: Irene Robles (Alfa Hélice)

Érase una vez un pueblo en una placa Petri que vivía despreocupado y feliz a 37ºC, hasta que Ernestito entró de prácticas al laboratorio. El pobre no lo hacía con mala intención, pero cosa que cogía, cosa que tiraba. En su defensa se podría decir que error que cometía, error que no volvía a producirse, pero si existía algo en lo que se pudiera equivocar, se equivocaba. Si las células tenían que crecer a 37ºC, le daría a algún botón que o las achicharraría o haría que se murieran de frío. Si el medio tenía que ser el rojo, él era capaz de echar el amarillo. Y todo esto cuando no se dejaba olvidada alguna placa sobre su encimera y tenía que llegar María Luisa a salvarla y a echarle la bronca.

Su jefa ya no sabía qué hacer con él, y las pobres células que tenía a su cargo, tampoco. Ernestito había llegado queriendo hacerlo todo bien y cuando un experimento se le torcía ya no sabía donde meterse. A veces ni siquiera era culpa suya, es que las células no querían tocar nada que viniera de él.

Hubo un día, por ejemplo, en el que le tocaba ponerles en el medio ADN con la esperanza de que las células lo captasen y comenzaran a asumir sus instrucciones como propias. Mismos reactivos, mismas diluciones, las células de su jefa las aceptaron encantadas: Si su Diosa tenía un capricho había que concedérselo. Las células de Ernestito prefirieron morir a aceptar pactos con el Diablo.

–De verdad, Ernesito, no sé qué ha podido pasar… ¿Estás seguro de que has seguido todos mis pasos?

Ernestito bajó la mirada, avergonzado.

–María Luisa, empiezo a pensar que las células me tienen manía.

–A ellas les da igual que el experimento lo hagamos tú o yo. Ese comentario es muy poco científico. Algo has tenido que hacer diferente.

Maria Luisa escribió con rotulador permanente “HeLa-neo” en la superficie de su placa y se la tendió a su becario. Casi se le resbala entre los dedos, pero por suerte ella la agarraba con firmeza. Puso los ojos en blanco.

–Continúa trabajando con estas y, por favor, no quiero ni un problema más hasta que vuelva mañana. Ya he perdido suficiente tiempo contigo hoy.

Cuando Ernesito encendió la luz del microscopio no podía imaginar que las células que estaba mirando, también le estaban observando a él.

–¡El Diablo! ¡El Diablo!–gritaron atemorizadas. Malos tiempos se auguraban cuando el Maligno ponía los ojos sobre ellas.

Historia de una resistencia

Continuará…

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4 pensamientos en “Historia de una resistencia. Cuento de laboratorio, PARTE 1

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